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Los problemas del país reclaman la unidad popular

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Aquiles Córdova Morán

El CONEVAL acaba de dar a conocer los resultados del programa gubernamental “Cruzada contra el hambre” cuyo objetivo es, obviamente, combatir la llamada “pobreza alimentaria” que afecta, según el conteo oficial, a siete millones de mexicanos en números redondos. Según el reporte aludido, la cruzada contra el hambre logró, en el tiempo que lleva funcionando, una reducción  de poco más del 50% de ese número, esto es, que poco más de 3.5 millones de hambrientos han logrado salir de su espantosa miseria y ya están consumiendo lo suficiente para poder llevar una vida normal. Y como era de esperarse de nuestra política aldeana, de inmediato tocaron a rebato las campanas del triunfalismo y la Secretaria de Desarrollo Social (SEDESOL) en persona salió a los medios a festinar el éxito de un programa que administra y aplica, justamente, la Secretaría que ella encabeza.

Sin embargo, aunque yo sería tal vez el último mexicano a quien se le ocurriría negar o menospreciar el fruto de este valioso esfuerzo, soy de los que piensan que, ni éste ni otro avance semejante debe obnubilar la razón ni conculcar el derecho a intentar su redimensionamiento contextualizándolo y contrastándolo con la entera realidad económica y social del país, con el tamaño de la pobreza y la desigualdad que hay en él. Así sabremos si el desbordado optimismo de la señora Secretaria de SEDESOL está justificado o si es mejor tomar los hechos sólo como punto de partida para mayores y más difíciles esfuerzos. Pasemos, pues, a ello. Según mediciones de especialistas competentes y respetados, la llamada pobreza extrema (que incluye por supuesto a quienes padecen hambre) no baja de los 20 millones de mexicanos; y la pobreza a secas, el total de los llamados pobres sin más adjetivos, rebasa los 55 millones según cifras oficiales. Es importante señalar que de este total, 2 millones son pobres “nuevos”, es decir, que se incorporaron a esta categoría en los últimos meses según el reporte del CONEVAL para el año 2014. La misma titular de SEDESOL ha dicho que el incremento se debe a los que nacieron en el período estudiado y no a que hayan caído en pobreza quienes antes no la sufrían, con lo cual parece querer librar de responsabilidad a la política social en vigor. Pero, aceptando que sea así, resulta ineludible la conclusión de que, si un nuevo miembro de la familia resulta pobre al nacer, ello sólo puede ser, o porque nace en una familia pobre o porque su nacimiento lanzó a toda su familia a las filas de la pobreza, puesto que no puede haber un recién nacido pobre en el seno de una familia que no lo es. Esto último agravaría el problema en vez de disculpar a las políticas públicas.

Pero retomemos el hilo del discurso. Julio Boltvinik, investigador de El Colegio de México, empleando un procedimiento de medición distinto al de los organismos oficiales, asegura que “en dos años” del sexenio actual, hemos rebasado los 100 millones de pobres, lo que califica como “una vergüenza”. Y no hay duda de que lo es. Esto quiere decir que, ya se tome como cierta la cifra oficial de 55 millones, o la que da Boltvinik de más de 100 millones, el éxito de la “Cruzada contra el hambre” de poco más de 3.5 millones de pobres es realmente una simple gota de alivio en un océano de pobreza. Por otro lado, están los indicadores de la creciente desigualdad, de la polarización social que, si bien no es idéntica a pobreza, sí es un factor decisivo que la incrementa y acelera, sobre todo allí donde, como en México, el pastel de la renta nacional es demasiado pequeño como para que a los pobres les toque una tajada suficientemente grande. OXFAM México publicó en junio de este año un estudio a cargo del conocido economista Gerardo Esquivel, en el cual se dice: “Menos del uno por ciento de la población en México, alrededor de un millón de personas, concentra el 43% de la riqueza del país”; y luego “…el 10% de la población más rica del país concentra el 64.4% de la riqueza nacional…”. Y sigue: “El 10% más rico de la población es más rico de lo que pensábamos. Comparado con todos los otros países de los que tenemos datos, es el país con mayor nivel de concentración (de riqueza e ingreso) en el 1% (de la población, se entiende, ACM)”. ¿Queda alguna duda de la existencia y gravedad del fenómeno?

A esto se añade que la economía crece a tasas mínimas desde hace varios años. La CEPAL acaba de reducir su pronóstico para este año del 3 al 2.4% de crecimiento, pero no es la única que hace este amargo reajuste. Dice la propia CEPAL, que este magro crecimiento no obedece sólo a causas internas, sino también a factores internacionales como “…el crecimiento moderado de Estados Unidos, la caída del precio del petróleo y la depreciación del dólar”. Y no hay que olvidar que las expectativas de recuperación de la economía norteamericana están lejos de ser halagüeñas; que el precio del petróleo acaba de caer por debajo de los 40 dólares y que se avizora un incremento de la oferta con la entrada de Irán al mercado petrolero, lo que provocará nuevas caídas, que la devaluación del dólar tampoco es una variable bajo nuestro pleno dominio y que la devaluación del peso es una exigencia de nuestros exportadores para poder competir en el mercado mundial. No se ve, pues, la luz al final del túnel. Dice la CEPAL: “La forma más eficaz de disminuir la pobreza es con ingresos. Lo que persiste son las desigualdades, la concentración del ingreso en pocas manos y por eso se requieren acciones redistributivas, a partir de reformas fiscales, de programas sociales y de inversiones productivas en donde sea más necesario”. “El salario es la llave maestra”. Gerardo Esquivel, por su parte, afirma: “La política fiscal favorece a quien más recursos tiene, puesto que se grava el consumo por encima del ingreso; carece de impuestos a las ganancias del capital en el mercado accionario; reduce la tenencia y el pago de predial”. ¿Se puede hablar más claro?

No hay duda, pues: Antorcha tiene razón. Urgen reformas al modelo económico que nos hagan menos dependientes del mercado norteamericano y de las exportaciones petroleras y que apliquen, cuando menos, 4 acciones básicas: 1).- reforma fiscal progresiva que eleve los ingresos del gobierno pero no a costa de los más pobres; 2).-  reorientación del gasto público hacia los que menos tienen, que incluya las inversiones productivas necesarias; 3).- incremento salarial para fortalecer el mercado interno y elevar el nivel de vida de las masas y 4).- creación de empleos suficientes para todos mediante la reactivación del crecimiento económico. Pero es claro que la simple necesidad del cambio no basta para que pueda efectuarse sin más, porque hay intereses muy poderosos que se oponen precisamente porque son los beneficiarios directos de la situación actual. Hace falta apoyarse en el pueblo organizado; hace falta hablarle claro, convencerlo y nuclearlo en torno a éste o parecido programa de reformas, para que respalde con todo su peso al  partido o gobierno que esté dispuesto a encabezarlas. Esta fuerza popular, por supuesto, no debe hacer uso de métodos que violenten la ley, la paz pública y los derechos de nadie; simplemente debe limitarse a ser un contrapeso de los intereses creados, un poder disuasivo que permita con su sola presencia y acción legal la ejecución de las reformas, que deben ser pacíficas y concertadas con todos los intereses y todas las fuerzas que existen y operan en nuestra sociedad, si ellas lo permiten.

La elección presidencial de 2018 ofrecerá una inmejorable oportunidad a todas las fuerzas, partidos y candidatos que aspiren a gobernar al país, para mostrar de qué material están hechos. Deberán plantear con toda claridad una propuesta de cambio, una reforma profunda del modelo económico que ataque y resuelva eficazmente los problemas capitales de nuestro desarrollo. ¿Quién será el que se aviente al ruedo y tome al toro por los cuernos? ¿Lo hará el PRI y sus aliados? ¿Lo hará López Obrador y sus partidarios dejando atrás esa visión maniquea y superficial de que todo el problema se reduce a la corrupción? No lo sé. Pero si sé que quien asuma el reto tiene la victoria asegurada. Antorcha, por lo pronto, sólo exige que se la vea como un intento serio más por generar el apoyo popular de que hablo y que se deje de atacarla con vilezas y de intentar desaparecerla a periodicazos, represión, asesinatos, secuestros y bloqueo a sus demandas a favor de los desamparados. Y está lista para sumarse a quien quiera que demuestre la claridad y los tamaños suficientes para respetarnos y para ponerse a la cabeza del cambio que el país demanda. Que conste.

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