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Sólo la firme unidad de las fuerzas populares salva a los países débiles

Aquiles Córdova Morán

No voy a abundar en lo que es ya un lugar común, esto es, en el sensible agravamiento de la crisis que ya veníamos padeciendo, a raíz de la actitud despótica, amenazante y abusiva (seguramente basada en un racismo que se calla para evitar el rechazo que el mundo entero siente por esta ideología imperialista) del nuevo Gobierno de los EE.UU. hacia México y los mexicanos. En lo que sí deseo insistir, a riesgo de parecer repetitivo, es en que, si alguna razón tienen quienes afirman que la coyuntura es, al mismo tiempo que un problema grave, una gran oportunidad para cambiar nuestra actual situación, esto último no podrá hacerse realidad si no nos decidimos de inmediato a formular un plan preciso, realista y viable, pero al mismo tiempo firme y decidido a alcanzar sus objetivos; un plan que vaya a la raíz de los problemas, de las causas y de las conductas que nos han colocado en la situación de vulnerabilidad en que nos hallamos, para romper de una vez con todo eso y emprender el camino de un desarrollo independiente, asentado sobre bases firmes y contando básicamente con nuestras propias fuerzas y recursos; un plan que nos cure de la anemia económica, de la desigualdad polarizante entre ricos y pobres, y de la dependencia suicida respecto a la economía norteamericana en cuya órbita hemos vivido, literalmente, desde el momento mismo de nuestra independencia política de España. En una palabra, que esta puede ser la gran oportunidad para que México conquiste su segunda y verdadera independencia, o sea, la plena soberanía sobre su territorio, sus recursos, su economía, sus finanzas y sus 125 millones de hombres y mujeres que la están esperando.

Ya en un artículo anterior me permití precisar puntualmente (hasta donde lo permite el espacio) las medidas que, en mi opinión, debería incluir sin falta ese plan, junto con algunos recursos para defendernos de un intento de frustrar el proyecto y someternos a intereses ajenos a los nuestros. En este último punto me permití sugerir posibles medidas que habría que tomar respecto a nuestras fuerzas armadas; y ello así porque creo que no debemos cometer el error, muy frecuente entre algunos publicistas e intelectuales influyentes, de confundir realismo y viabilidad del plan con ausencia total de peligros y conflictos derivados del mismo; no debemos identificar precaución y sensatez política con el afán de ser siempre tan “atinados” en todo que resultemos obsecuentes y dóciles con quienes nos limitan y oprimen. Tratar de evitar, a como dé lugar, cualquier riesgo de provocar su ira, proponerse eso anticipadamente, equivale a claudicar antes de entrar en liza. Los pueblos y sus líderes deben cuidarse de no caer en la arrogancia, en la sobreestimación o en el aventurerismo irresponsable, pero no deben olvidar tampoco que la independencia, la soberanía y la prosperidad económica compartida cuestan, y cuestan mucho a veces, y que deben (debemos) prepararse para pagar el precio.

Justamente por eso y para eso es que considero útil volver a plantear la gran interrogante: ¿qué fuerza, qué recurso defensivo eficaz pueden oponer los países pobres y débiles ante el poderío de sus opresores? ¿Existe realmente semejante recurso? Yo contesto afirmativamente: sí, existe ese recurso y está a la vista de todo el que quiera verlo. Se trata de la fuerza colosal, indestructible cuando se sabe educarla y convocarla correcta y oportunamente, que representa un pueblo firmemente organizado, concientizado y unido en torno, más que de un “hombre providencial”, de un programa bien trabajado y armado por los mejores hijos de ese mismo pueblo, aunque tal programa deba encarnarse en la persona de alguien, individuo o grupo. Y aquí topamos con el obstáculo principal, con el núcleo duro de la cuestión, porque es bien sabido por todos, aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta, que tanto las fuerzas económicas directamente beneficiadas por el neoliberalismo de segunda que venimos practicando, como la clase política que se ha educado para aplicar el modelo, se oponen férreamente a la intervención del pueblo organizado en las grandes cuestiones de la vida nacional. Todos ellos han dejado ver claramente su opinión de que tal “aliado” es más un peligro grave que un recurso salvador, más una seria amenaza que una fuerza de que pueden echar mano para la defensa de sus intereses. Y por eso combaten sin tregua, y por todos los medios a su alcance, a quienes piensan lo contrario, negándose en redondo, al mismo tiempo, a entender y atender los planteamientos y demandas más elementales e irrecusables de las mayorías populares.

Y ciertamente, como también he dicho ya, la actual coyuntura hace más evidente que nunca que, quien piense y quiera unir en serio al pueblo en un bloque de hierro para hacer frente a las amenazas del exterior, no tiene más remedio que buscar la forma de compartir con él, leal y sinceramente, la riqueza nacional que producimos entre todos pero de la que no todos nos beneficiamos con alguna equidad; refrenar en alguna medida las ansias de acumulación de las clases altas y a admitir una reforma del modelo que incluya creación de empleos, salarios remuneradores, mejores condiciones de trabajo y mejores servicios tales como educación, salud, vivienda y otros semejantes. Solo un gesto de relativo desinterés y de solidaridad social semejante, podrá conseguir que el pueblo atienda el llamado de las clases altas; y solo con la suma del pueblo así unido, organizado y decidido, puede pensarse en hacer frente con éxito a las amenazas de Trump. Los antorchistas no creemos en la efectividad de abrir nuestra frontera sur para dejar pasar a toda la emigración de América Central; tampoco en la política de golpe por golpe en materia comercial y arancelaria ni en bajar los brazos en el combate al narcotráfico.  Menos todavía creemos en el recurso de quejarnos ante la ONU: eso sería quejarse con Poncio de lo que nos hace Pilatos, y todos podemos predecir el resultado de semejante ingenuidad. Nos parece erróneo también, e injusto por añadidura, exigirle al Presidente de la República que adopte una actitud firme ante Trump, callando la innegable debilidad, no del Presidente, sino del país entero, y sin una palabra de cómo podemos superarla. Así cualquiera puede vestirse de insobornable patriota.

Pero quiero terminar con una nota de amargo realismo. Que en lo último en que piensan las fuerzas dominantes en México es en llamar a la unidad nacional, se palpa claramente en los ataques, las amenazas cumplidas, la guerra mediática sin cuartel y sin moral alguna en contra de la organización popular, muy lejos de amainar parece recrudecerse a cada hora. Doy solo dos ejemplos: en días pasados, un grupo armado atacó el domicilio del dirigente antorchista en Ciudad Hidalgo, Michoacán; fueron 84 impactos contra su domicilio y contra su vehículo, estacionado frente a su casa, y hay fuertes indicios de que todo fue organizado por el presidente municipal y su policía. El gobierno michoacano ha hecho declaraciones contradictorias y promesas tibias de que “se investigará a fondo” el atentado, pero nada ha sucedido hasta el día de hoy. El otro caso ocurre en Puebla: recién estrenado el gobierno del Lic. Antonio Gali Fayad, ostensiblemente se puso en libertad a un delincuente de nombre Martín Gallo, que purgaba condena por delitos graves y cuyo “atenuante” para otorgarle la libertad anticipada es ser enemigo jurado y peligroso del comercio informal organizado con los antorchistas. Los efectos de la maniobra han sido inmediatos: desde ese día los comerciantes antorchistas no viven tranquilos, acosados y amenazados en sus vidas, en sus domicilios y en sus puestos de trabajo por el grupo de sicarios (de larga trayectoria como consta al Gobierno y a la justicia poblana) que obedece las órdenes del “líder” excarcelado. A las protestas del Antorchismo poblano, se ha respondido cerrando todas las ventanillas y canales de gestión para la organización, es decir, una vulgar e increíble represalia del Gobierno en vez de atención y justicia  a las víctimas. Y  aquí lo digo bajo mi exclusiva responsabilidad: todo verdadero intento de unidad popular debe incluir, necesariamente, a los antorchistas, que somos ya una muy importante fuerza de masas con dos millones de mexicanos organizados, aunque algunos tuerzan el gesto al leer esto.

En un artículo publicado por El País se informa que México elevó en un 180% sus importaciones de armas en el periodo que va de 2012 al 2016. Y en un párrafo se afirma textualmente que: “La principal inversión en armamento se realizó en la adquisición de equipamiento medio y ligero, así como medios para el transporte de efectivos, de munición o de víveres. «Es el tipo de material que se importa para aplicar medidas de contra insurgencia…»”. Uniendo esto al trato dado a los antorchistas, resulta obvio que no nos estamos preparando para enfrentar al enemigo externo, sino para reprimir al pueblo inconforme con su miseria, es decir, que se descarta el camino de la unidad nacional, aunque es obvio que, llegado el caso, el pueblo puede organizarse por su cuenta para defender lo suyo aun en contra de los poderosos que hoy lo excluyen.

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