Con motivo de la renuncia de Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) trascendió, según entrevista publicada en la revista Proceso de esta semana, que una de las principales diferencias entre Urzúa y el presidente es la relativa a lo fiscal: aquél la propone como un mecanismo para abatir desigualdades, éste se opone rotundamente.
“-¿Le mencionaste la necesidad de aumentar impuestos?
Él no quería hacerlo. Esa ha sido una diferencia importante entre nosotros. El presidente no quiere hacer una reforma fiscal. Yo sí, porque creo que es la única manera de abatir desigualdades. No sé por qué no quiere hacerlo. Quizás por no enfrentarse a algunos empresarios, quizás por el costo electoral… Siempre le comenté, sin embargo, que a medio camino del gobierno iba a ser necesario hacer una reforma y le expliqué mis razones”.
Ahora resulta que mejor los gobiernos del PRIAN, por lo menos amagaron con subir los impuestos a la clase empresarial, reculando, sin ningún tipo de lucha, al día siguiente. Pero qué decepción para los 30 millones que votaron por AMLO, el saber que su gobierno no quiere ni siquiera amagar con la posibilidad de una reforma fiscal progresiva. ¿No que primero los pobres?
Qué timorata y qué servil la actitud del gobierno morenista con la clase adinerada de México y qué falso aquello de “primero los pobres”. Qué inmensa diferencia con la valiente e inteligente propuesta del Movimiento Antorchista de un nuevo modelo económico, cuyos ejes principales serían:
1.-Empleo para todos. Un gobierno de los trabajadores encontraría fácilmente en qué emplear a tantos millones de desempleados y a tantos miles de empleados de manera informal: construyendo millones de viviendas que hacen falta, trabajando miles de hectáreas agrícolas, etc., etc.
2.-Salarios dignos para todos los trabajadores. Un salario digno, en la actualidad, debería llegar a no menos de 500 pesos de salario mínimo por día. Y ese aumento no tendría por qué traducirse en un aumento general del precio de las mercancías causando, con ello, inflación, ya que el gobierno proletario lo impediría, además, convencería a los empresarios de la conveniencia de fortalecer el mercado interno.
3.-Reforma fiscal progresiva. Es decir, pagarán más impuestos quien tenga mayores ingresos y pagarán menos quien tenga menos ingresos.
4.-Redistribución del gasto público. El gobierno popular destinará recursos suficientes a obras y servicios donde la gente más pobre lo esté requiriendo. Y lejos de eliminar apoyos para los más necesitados, implementará programas sociales para acortar la distancia entre pobres y ricos.
Cada uno de estos ejes se consensaría entre pueblo, empresarios y un gobierno que promueva una real transformación, el cambio real. Claro, ello implica una infatigable labor de educación y organización de las masas, de los ya casi 130 millones de mexicanos. Pues bien, dicha labor ya la viene realizando el Movimiento Antorchista desde hace 45 años. Y hoy, con sus casi 3 millones de organizados a todo lo largo y ancho del país, es la organización más representativa del pueblo pobre de México.