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La contaminación: muerte lenta

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(parte I)

 Por: Argos

“Nos estamos muriendo…

a pesar del bullicio

del asfalto mil veces recorrido

a pesar de las luces

falleceremos. (…)

Morimos…

se pudre nuestra carne

se agusanan las miradas…”

María Eugenia Olguín Mejía

Todos hemos oído hablar de los peligros de la contaminación, pero nadie hacemos nada para remediarlo. Los japoneses a duras penas han logrado hacer, de Tokio, una ciudad respirable y habitable; después de haber sido de las ciudades más contaminadas del mundo.

Pero nosotros vamos de mal en peor cada día. La ciudad de México y Toluca rebasan el máximo de contaminación en varios miles de grados por arriba.

El monóxido de carbono es la brisa mañanera, y los detritus la lluvia para darle lo sabroso a los taquitos que se engullen de dos tarascadas enormes masas humanas alrededor del puesto taquero, cuidando que los demás panzones no se les vayan a adelantar y acaben con la enorme montaña de barbacoa o carnitas de animal dudoso, pero sabroso.

Así pues, afecciones de las vías respiratorias y males gastrointestinales son las plagas que diezman a la “raza de bronce”, a más de los efluvios de fábricas, camiones urbanos autorizados (previa mordida) para seguir circulando. Excrementos humanos y animales por doquier que tapizan las calles, las bolsas de basura colgando como frutos malignos de árboles, postes de luz y telefónicos ofreciendo lindo panorama.

Quizá en la era de los pterodáctilos y tiranosaurios las conjeturas de nuestros antepasados debieron ser parecidas: “…ya es imposible vivir con estos brontosaurios…”.

Los gringos arrojan frecuentemente en nuestros mares deshechos radioactivos. Estos, dicen, van perfectamente embalados en bloques de concreto. Y así, sin más ni más los sepultan en el Golfo de México o donde les venga en gana. Después, nos enteramos que miles de peces flotan muertos y que no hay señales de otros peces por los alrededores.

Muchos dirán: “pues no comemos pescado y ya”. Pero no es ese el problema, sino que las Organizaciones Mundiales para la fiscalización y represión no se dan por enterados, están más preocupados por si Obama hace o no la guerra en Siria.

Otros creen que con irse a Yucatán ya estarán a salvo. Los ricos piensan que su riqueza va ser su salvoconducto para el más allá y están equivocados.

Mi tía Carmelita, la culta, diría que si todos los mexicanos sopláramos en dirección hacia los gringos, todo el “smog” se les iría para allá dejándonos nuestro aire tan limpiecito; como cuando los poetas decían que éramos la región más transparente del aire. Dudo que funcionara la idea de la tía, porque si no les damos mordida a los paisanos, no soplarían.

Lo cierto, es de que el pescado blanco de Pátzcuaro casi está extinto, y muchas especies de maguey; los pájaros ya no tienen en la ciudad árboles donde dormir, las mariposas nocturnas (de las que vuelan) se mueren y las Monarcas desaparecen porque llegan a México a hibernar, las ahogan en bolsas de plástico para freírlas y hacer con ellas rica botana o platillos exóticos levantadores del ánimo más bajo…   (Continuará)

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