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La vida como es…                               Octavio Raziel

Alberto amaneció nostálgico. Diciembre es el final del año, aunque en ocasiones lo siente como el final del camino.

Coincidieron las melodías “Marea baja”, “A mi manera” y “Me olvidé de vivir”. Su mente regresó a sus años de educación media. Hacía poco había muerto su madre, el único ser que le unía a la vida pasada y que le marcaba un largo camino de soledad.

La rutina escuela-casa fue rota con la sociedad formada con un amigo con quien puso una relojería. El antiguo garaje de la casa de Gabriel fue acondicionado como el negocio que no sólo arreglaba relojes sino alhajas de todo tipo (no bisutería).

El convenio fue que mientras Alberto estudiaba en la mañana el socio abriría el negocio y por la tarde Gabriel iría a comprar las refacciones para los relojes recién “despivotados”: esto es, roto el eje del volante que giraba por impulso del pelo o resorte en espiral. Desarmar el reloj era fácil, lo difícil era, después de lavar las piezas en gasolina blanca, colocarlas en el lugar que les correspondía. Finalmente, ajustarlo para que no variara un segundo su marcha. Llegaban marcas buenas y malas, pero todas al primer testerón se “despivotaban”.

Llegaban alhajas de todo tipo. La mayoría con piedras de buena calidad, valiosas para su dueño o dueña. La cadena que se rompió, la piedrita que se perdió, la esclava que había que grabar, o todo en uno. Circones, ojos de tigre, aguamarinas, topacios, turquesas, alejandrinas, venturinas, granates, rubíes, lapislázuli, ópalos y ónix. Había que calcular el tamaño, peso y color para comprarlo en los centros joyeros del centro histórico. No siempre era perfecta la cromografía, pero daba el gatazo.

En el pequeño crisol fundían las piezas de joyería encargadas por los clientes y en ocasiones algunas creaciones personales. De ellas, su favorita fue un corazón en bulto; trabajo muy difícil en el arte del fusionado. Había una “O” grabada en el centro y en el elegante estuche. Quedó en posesión de una pretensa (pretendiente) que pasados muchos años ella le confesó a Alberto que siempre había estado enamorada de él.

-¿Y el dije? Preguntó él.

-Pensé que era sólo por amistad.

Ahí terminó la historia de la mejor obra de orfebrería que realizó el joven joyero; en manos de una despistada.

Los fines de semana eran destinados a la labor altruista en las montañas y en las rutas que acostumbraban los excursionistas, como miembro del Socorro Alpino de México. Horas y horas de caminatas por las laderas o nieves protegiendo a los jóvenes que se adentraban o se perdían por caminos peligrosos.

Llegaron los relojes japoneses Orient, automáticos y contragolpes. Ya no había cuerdas ni pivotes rotos.

El espíritu de aventura le llevó a la Armada donde alcanzó el grado de segundo maestre de infantería. Sus días de franco los disfrutaba en el malecón de Veracruz escuchando “Marea baja”, que le dejó una huella indeleble y era cantada por su tocayo Alberto Vázquez.

A su regreso a la Ciudad de México, Alberto entró a la Preparatoria y estrenó su primer reloj electrónico que mostraba la hora con números rojos cuando se le apretaba un pequeño botón lateral.

Después de ese cronómetro vinieron otros, a los que nunca más se acordó de darles cuerda.

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Inspirado en Uma Thurman, este reloj refleja la hora como por arte de magia, a través de 54 de los 879 diamantes incrustados, simplemente con presionar un botón.

Un «Orient» de la época de los 80?s.

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