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Espartaqueda: espíritu olímpico que une lazos sociales con fraternidad y lucha

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Po: Yair Arroyo

El primer mes de 2020 ha concluido y estamos cada vez más cerca de los Juegos Olímpicos de verano que se celebrarán en la capital japonesa: Tokyo. Es increíble la atención mercadotécnica y mediática que genera esta actividad, al igual que los recursos económicos que obtienen las empresas patrocinadoras, medios de comunicación y organizadores en torno a esta justa deportiva, tan similar como el Super Tazón de fútbol americano en Estados Unidos; la Copa Mundial de Fútbol, también celebrada cada 4 años; las temporadas de las ligas europeas de fútbol, o las carreras de autos Fórmula 1.

Aunado a lo económico y al sentido elitista donde no cualquiera puede acceder al negocio del deporte sin invertir sumas considerables de dinero, cabe destacar el sentido político del deporte, recordando, por ejemplo, el boicot de los estadounidenses al no asistir en 1980 a las olimpiadas de Moscú, antigua capital de la otrora Unión Soviética; situación que en 1984 imitaron los soviéticos en la edición de Los Ángeles. Y es que desde sus inicios, las olimpiadas de la antigua Grecia tenían un trasfondo político entre las diversas polis griegas, donde había treguas en las enemistades internas para celebrar las actividades, que distan mucho de los juegos modernos y demostrar, como una sutil metáfora beligerante, quiénes eran los más rápidos, los más fuertes, recordando la frase de citius, altius, fortius con la que se dio paso a los juegos olímpicos actuales que iniciaron su trayecto internacional y globalizado en Atenas 1896, iniciado por el barón francés Pierre de Coubertin.

Con este espíritu de las antiguas jornadas, pero alejado del negocio y la guerra, es como cada dos años se realiza, en Tecomatlán, Puebla, conocida como la Atenas de la Mixteca, la Espartaqueada Nacional Deportiva que en este año celebra su vigésima edición; evento que abre las puertas a miles de deportistas provenientes de todos los rincones de México para fomentar la unión entre los pueblos, la actividad física en una sociedad donde, según el INEGI, un 75% de la población mayor a 20 años padece sobrepeso u obesidad, además de ofrecer la práctica deportiva de alto rendimiento a jóvenes que carecen de los medios económicos para entrenar en clubes de élite o que no cuentan con los espacios ni las instalaciones adecuadas para la práctica de un deporte, porque no interesa a los gobernantes crearlas en favor de su gente bajo el argumento de que hay otras prioridades.

Con estos trasfondos políticos, sociales y, sobre todo deportivos, se celebra una magna fiesta donde arde, con gloria y majestad, la antorcha prometeica que encendió el chispazo de la razón en el hombre; esa misma antorcha que en nuestro país ilumina el sendero de millones de mexicanos que viven en el desamparo de un sistema económico que los ignora, exprime y explota, pero que les da la esperanza de que con unión, fraternidad y lucha es posible alcanzar el bienestar.

Es así como los jóvenes, hombres y mujeres que participarán en tan especial evento, ponen en práctica, de manera lúdica, lo que se aprenden en las comunidades, colonias, barrios y serranías, como el trabajo en equipo para lograr un objetivo, ya sea para ganar una partida de futbol, basquetbol o voleibol; pero también en solitario, tan solo con voluntad y astucia, vencer todo obstáculo que se interponga entre los participantes y su meta. Todo en un ambiente de camaradería y en donde lo importante es aprender a ganar, pero también a perder y, sobre todo, madurar las virtudes de la paciencia, la constancia y la perseverancia para alzarse victorioso a pesar de las circunstancias, siempre en un entorno de respeto y sin menospreciar al contendiente, pues en el fondo poseen una meta en común: alcanzar una nación justa.