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Poder económico y poder político

Por: Aquiles Córdova Morán

1.- La teoría de los factores

Esta forma de pensar el mundo, fue elaborada como alternativa al que podríamos llamar enfoque genético-autoconstructivo de la realidad, según el cual todos los fenómenos surgen de la evolución y transformación de otros similares que desaparecen al llegar los nuevos que, a su vez, crecen, se desarrollan y mueren cuando han generado a sus sucesores.

Cada línea de desarrollo forma, simultáneamente, una cadena de infinitos eslabones y una red de infinitas conexiones con las demás cadenas del universo. Pero lo más importante para nuestro propósito, es que la concepción genético-autoconstructiva postula que cada ente material posee una esencia, una estructura interna formada de elementos que se relacionan, condicionan y determinan recíprocamente. Estos elementos están objetivamente jerarquizados y objetivamente ubicados en un lugar preciso y definido. La modificación de esta estructura es, precisamente, la desaparición del objeto antiguo y el surgimiento del nuevo.

La teoría de los factores, por el contrario, ve las cosas básicamente estáticas e inmodificables, salvo por causas mecánicas y externas a ellas; las concibe formadas por múltiples “factores”, sí,  pero de importancia equivalente y sin jerarquía objetiva posible entre ellos. No concede gran significado a la estructura, pues el igual valor de los “factores” los hace intercambiables; y tiende a mirar todo como un “coctel” de sus partes componentes cuyo resultado final depende de que no falte ni sobre ninguno y de que se hallen en la cantidad correcta. Es un enfoque que podemos llamar descriptivo-enumerativo.

Para darnos cuenta de lo que se juega con uno u otro método, tomemos el ejemplo de la discusión en torno a la teoría del valor-trabajo, discusión toral entre la economía clásica y la economía subjetiva o matemática. Para los economistas clásicos y sus continuadores consecuentes, no había duda de que en la producción de bienes materiales útiles tenían que intervenir, por fuerza, los tres elementos que tanto ha magnificado después la economía subjetiva: trabajo, tierra y capital. Pero también tenían claro que, cuando el objeto de la economía ya no es solo fabricar objetos útiles sino “mercancías”, esto es, bienes de cuya venta masiva sale la ganancia de los fabricantes, la importancia de los “tres factores” no podía ser la misma; había que determinar cuál de ellos era el decisivo para la producción de ganancias, es decir, del valor nuevo de las mercancías. Fue así como Adam Smith y David Ricardo descubrieron la “teoría del valor-trabajo” que luego Marx llevó hasta sus últimas consecuencias. En esta teoría, el papel del trabajo resulta superior al de los otros dos, puesto que es el único capaz de engendrar valor. Para desmentir esto que les era desfavorable, los señores empresarios se dieron a la tarea de promover la creación de una “teoría” distinta y mejor para ellos. Así nació la “teoría de los factores equivalentes”.

Según esta teoría, trabajo, tierra y capital son factores equivalentes y desempeñan, todos, el mismo papel en el proceso productivo. Ninguno es más importante que otro y ninguno vale nada sin los otros dos. La ganancia surge de la combinación de los tres, y como los tres son comprados o pagados por el dinero del capitalista, la utilidad resulta algo totalmente legítimo, un merecido premio al esfuerzo, ingenio y sacrificio del inversionista, pues deja de consumir para su bienestar con tal de crear empresas y empleos para los trabajadores. Esta “teoría” borró de un plumazo el papel del trabajo en la producción y echó al cesto de la basura toda la economía clásica, de Cantillón y Petty a Ricardo y Marx.

2.- La teoría de los factores aplicada a la sociedad

Según el enfoque genético-autoconstructivo, la sociedad humana surgió sobre la base de la necesidad de vencer los peligros y obstáculos que oponía la naturaleza a los esfuerzos del hombre aislado por conseguir su sustento. Es decir, la sociedad nació de la urgencia de unir esfuerzos para garantizar una producción abundante y segura de los satisfactores vitales para la especie. La actividad productiva fue, pues, el núcleo y el imán irresistible que obligó a los hombres a agruparse y organizarse en torno suyo; y fue sobre esta base y como resultado de esta actividad que fue creciendo y desarrollándose el edificio social, hasta alcanzar la plenitud y complejidad que hoy vemos. La eficiencia, belleza y magnificencia de tal construcción nos han llevado a pensar que no puede ser obra nuestra, sino de titánicas fuerzas supra humanas de origen desconocido. El hombre deslumbrado y dominado por su propia criatura.

Y no es así. Somos nosotros los arquitectos de esa maravilla; los creadores de un aparato productivo eficiente gracias a la ciencia y la tecnología, pero sobre todo, gracias a la destreza e inteligencia de los seres humanos, hombres y mujeres. Pero la sociedad es un edificio y como tal, tiene una base firme que no solo sostiene el peso del resto, sino que lo alimenta, lo nutre, lo determina y, por fin, recibe su acción y reacción benéfica que mejora, enriquece y refuerza la base que lo engendró. Estado, leyes, ciencia, técnica, filosofía, arte, religión, cultura, etc., con todo lo abstractas y sublimes que puedan parecer, son creaciones humanas nacidas y alimentadas de esa base material, aunque algunas hayan alcanzado tal altura e independencia que parecen negar esta verdad.

La economía descansa sobre el trabajo y el trabajo es lo único que crea riqueza nueva, incluida la ganancia del capital. El obrero, el campesino y todos los que crean y producen algo, son los que llevan sobre sus poderosos hombros el peso del edificio social. Esto no gusta a quienes se benefician de ese trabajo sin aportar gran cosa a la tarea común; lejos de eso, se enfurecen con la teoría materialista de la historia y han ordenado a sus intelectuales orgánicos crear una economía “más verdadera”. El resultado es la “teoría de los factores” aplicada a la sociedad en su conjunto. Ahora, la sociedad es una combinación de factores diversos pero equivalentes e intercambiables entre sí, sin jerarquías ni dependencias recíprocas de ninguna clase. Con esto, se elimina la base económica, material de la sociedad, para colocar en su lugar lo espiritual, lo subjetivo y puramente abstracto como motor de la historia.

Así resulta lógico sostener que el poder político y el poder económico son “dos factores”, importantes pero iguales e independientes entre sí, que junto con otros muchos, integran ese coctel sin estructura que resulta ser la sociedad. Se puede, por tanto, admitir como posible, y aun necesario, deslindar nítidamente la esfera de influencia de esos “dos factores”, de modo que puedan ser ejercidos por grupos o personas distintos, y hasta encontrados, sin que sufra por ello el buen funcionamiento del todo social. Y hasta puede mejorarlo.

Pero la teoría genético-autoconstructiva, apoyada en hechos históricos bien investigados, demuestra que esto es falso. Consecuente con la tesis de que la base y el origen de todo es la economía, sostiene que el poder político (el Estado con todos sus anexos) surge por la necesidad de las clases ricas de mantener, consolidar y fomentar una situación favorable para ellas, aunque lacerante y mortal para las mayorías. El poder político no es ni puede ser independiente del poder económico; es una emanación suya; es la materialización de su necesidad de mantener en sus manos el control del todo social. El “capitalismo de cuates” no es una enfermedad exclusiva de México; existe en todo el mundo capitalista (ver a Stiglitz, p.e.); es una función propia y natural del Estado, que está para eso, para fomentar la prosperidad de los negocios privados con todos los recursos a su disposición.

Al final de un ciclo histórico es posible, como acaba de ocurrir en México, que surja un gobierno emanado de la voluntad popular y no del apoyo del dinero. Pero esto no anula sin más el poder del capital, como parecen creer algunos; éste permanece intacto, y lo que en realidad surge es lo que Trotski llamó “dualidad de poderes”: ahora están, frente por frente, el poder del pueblo y el poder del dinero. La cuestión es ahora cómo va a resolverse esta dualidad, que no puede durar siempre. Y es el poder popular quien tiene que escoger el camino. ¿Suprimirá de raíz el poder del dinero? En ese caso, tendrá que comenzar por cegar la fuente de ese poder, es decir, privarlo de su riqueza y de sus poderosísimos medios de defensa. Para eso, el poder popular debe medir bien sus fuerzas, porque una vez iniciado el camino ya no hay retorno posible, salvo el baño de sangre y la imposición de una dictadura fascista. Nunca debe jugarse a la insurrección, escribió Engels hace muchos años. ¿Solo quiere recortarle un poco las uñas al capital? En ese caso, debe abstenerse de medidas irresponsables y provocadoras, que puedan llevar al despeñadero de la violencia. Es mejor dialogar con el enemigo el tiempo que sea necesario  antes de alborotar el avispero.

Durante la campaña electoral pasada, los antorchistas dijimos muy claramente que, en nuestra opinión, no están dadas las condiciones, internas y externas, para un enfrentamiento decisivo con el capital. Fue por eso que nos inclinamos por un candidato distinto al de MORENA. Hoy seguimos pensando lo mismo, y nos preocupa, por eso, que se esté ensayando “hacerle piojito” a un tigre adormecido que puede despertarse en cualquier momento. ¿Qué nos esperaría, en ese caso, a quienes no tenemos ninguna vela en este entierro?

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